Esta Navidad quiero como siempre compartir mis sentimientos. Con la anticipación que van a estar mis hijos y nietos. Reunirnos con la familia extendidita que somos unos cuantos. Las postales con nieve, los regalos, Santa, y toda la tradición de estos días. Se me olvidaba algo fundamental.

La Navidad o el anuncio de la Buena Nueva, del nacimiento de Jesus, el Hijo de Dios que nace como persona. Engendrado no creado, decimos en el Credo. El “Emanuel”, Dios entre nosotros. En la limitación de un tiempo y en un lugar determinado, para ser parte de la historia de la humanidad. Historia que quedara dividida en antes de El y después de El.

Jesus vino a compartir lo cotidiano de la vida, empezando como un bebito indefenso al cuidado de su madre. Y poco después de la Epifanía que es reconocido por los Reyes del Oriente. Maria y Jose, lo tiene que llevar al exilio a Egipto para salvarle la vida. Lo cotidiano de muchos padres, hoy día, que hacen lo mismo para salvar a sus hijos. Durante 30 años vive la vida cotidiana de Nazaret. Solo sabemos de ese periodo de tiempo, de un viaje a Jerusalén que se separa de sus padres

Y me pregunto ¿Acaso no estoy celebramos el anuncio de la noticia y se me olvida cual es precisamente la noticia? Es como ir a celebrar en el parqueo del estadio antes del juego, y después no entrar a ver el juego.

La noticia es que Jesus vino, a vivir entre nosotros en el diario cotidiano que todos vivimos, que me enseñó cómo atender a los que están cerca de mí, a los enfermos, a los extranjeros, a los necesitados no solo de pan, sino también de consuelo, de misericordia, de amistad, en fin, otros pecadores como yo. Y me lo enseño caminado por la calle entre la gente. Y dando su vida por mis pecados y el de todos.

En esta navidad, Señor, dame la humildad de ver y aceptar que al alcance de mi mano hay personas, que en mi cotidiano vivir, sin esfuerzo, puedo ser misericordioso con ellos. Simplemente siguiéndote.

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